La Leyenda de Villa Paula

Entre Robert, Gracie Watson y esta historia que les voy a contar hoy, parecería que todos mis cuentos son de fantasmas, y esa no fue mi intención al comenzar a escribir por este medio. De hecho, hoy me disponía a escribir sobre Santa Teresa, un barrio muy pintoresco en Río de Janeiro en el que aún corre un tranvía color amarillo muy llamativo, y a todas luces, por las fotos que he visto, es muy parecido al centro de Lisboa en Portugal (nunca he estado en Portugal, así que no lo puedo asegurar pero haría obvio sentido). Pero mientras pensaba que contar sobre Santa Teresa, seguía brincando al puesto de enfrente en mi cabeza una casa aquí mismo en Miami: Villa Paula.

Villa Paula es una magnífica mansión que data de los años 20; es blanca con imponentes columnas toscanas. Ya comentaba en otras ocasiones, Miami es una ciudad muy joven. Y eso no es ningún pecado, todas las ciudades lo han sido en algún momento de su historia. Lo que me choca de Miami es que los desarrolladores tumban edificios a diestra y siniestra para construir más edificios altos y más centros comerciales.  Aquí no hacen falta más centros comerciales. Hace falta que se conserven las estructuras históricas para que de aquí a 100 o 200 años, alguien pueda contar sus historias también.  Pues un día leyendo algún artículo de sitios interesantes en Miami, leí el nombre de Villa Paula. Pero no como un museo o como algo que conocer en el fin de semana, sino como una leyenda urbana de la edificación más embrujada de Miami (hay una casa en Coral Gables también, que alegadamente se pelea el título, no sé qué tan cierto sea; la única vez que fui, ya estaba cerrada y este año estará en restauración por lo que resta del año, es la casa de George Merrick, fundador de Coral Gables; también muy conocido por sus fantasmitas es el precioso Hotel Biltmore, también en Coral Gables). Por supuesto, la “Nancy Drew” que vive en mí se dio a la tarea de averiguar sobre Villa Paula. La casa está localizada en un sector de Miami que antes se conocía como Lemon City y que ahora se conoce como Little Haiti o La Pequeña Haití (¡porque aquí no solo tenemos Pequeña Habana!). Little Haiti es un barrio interesante y enigmático. Por allí sí me había metido antes a tomar fotos y lo que más me llamó la atención en el momento fue los letreros de los comercios en “creole”. Creole o criollo es el idioma oficial de Haití, junto con el francés, y es una mezcla del francés del siglo XVII con influencias de portugués español y lenguas del África Occidental, supongo que parecido al papiamento. Es hogar a la diáspora haitiana desde hace muchos años y conservan muchas tradiciones caribeñas, la comida, el idioma y tiene un Centro Cultural de lo más “up and coming”. Villa Paula queda en el corazón de la Pequeña Haití. Pasé un día por allí -está en North Miami Avenue, pero se veía totalmente cerrada y la verdad ya era como tarde y no me dieron ganas de bajarme a investigar. Pero mi intriga y curiosidad seguían vivitas y como mi madre dice siempre que yo me alcanzo para todo, otro día pasé y se veía movimiento de gente. Era temprano, mejor dicho, era uno de esos días de verano en que oscurece tardísimo, y me paré con la única intención de tomar unas fotos.  Un señor que salió en un pick-up truck al verme se devolvió y me preguntó si quería entrar, y yo para mis adentros pensé “Muerto, ¿quieres misa??!”. Solo por un momento escuché en mi cabeza la voz de mi amiga Milena cuando le conté una anécdota de un viaje a San Francisco y como un hippie bastante viejo y que aún parecía vivir en un viaje de ácido en los sesentas (esa historia es para otro día), muy amablemente me invitó a conocer por dentro su casa del mítico barrio de Haight & Ashberry, cuna del movimiento hippie en Estados Unidos, y yo alegremente acepté la invitación; y me dijo “pero muchacha, ¿tu eres loca?? te desapareces por allá en San Francisco y nunca volvemos a saber de ti, ¡qué peligro!”. Bueno, pues tomé mis fotos de afuera de la casa (adelanto que adentro, no me dejaron tomar) y entré. En el momento que iba a entrar, pasaba casualmente por allí una parejita a la cual invitaron también a entrar. Nos recibió un señor, muy “chic”, muy amable y nos preguntó si sabíamos la historia de la casa. ¡La parejita no tenía ni idea! Pero yo, como la ‘nerda’ del salón que todo el mundo odia, dije que claro por supuesto y les conté más o menos lo que sabía por encimita. Resulta que Villa Paula pronto va a abrir como un proyecto de arte, galería con estudios para los artistas, se ve algo chévere, pero lo mejor es que están restaurando la casa a su glorioso estado original. En Miami hay una palabra que le encanta a los desarrolladores de bienes raíces: “gentrificación” (no sé si es el término correcto en español). “Gentrification” es una singular tendencia de desarrollo urbano que aumenta los costos de las propiedades e impulsa el desplazamiento de familias de menores ingresos y negocios pequeños (piense Wynwood en Miami, Williamsburg en NY). Little Haiti en su esencia sigue siendo un barrio de minorías, pero ahora está muy cerquita del “tre chic” Little River (que va a ser el próximo Wynwood porque ya Wynwood está muy caro), es vecino del Design District, por lo que me hace todo el sentido del mundo que Villa Paula ahora vaya a ser una galería de arte.

Pero los llevé al revés, de presente a pasado. Vamos a los inicios, de dónde vino la leyenda de Villa Paula. Decía, Villa Paula es una mansión de estilo neoclásico con distintivo sabor cubano; tiene 10 habitaciones (sorprendentemente, solo 2 baños), techos de 18 pies, losas en los pisos pintadas a mano (me consta, ¡las pisé!), columnas toscanas y fue construida para el primer cónsul cubano en Miami, Don Domingo Milord, y su esposa… Adivinen… ¡Paula! Todos los materiales para la construcción de la casa fueron traídos de Cuba. Todo. ¡Hasta los clavos! La felicidad fue corta. A los seis años de haber tomado residencia, Paula lamentablemente murió tras complicaciones de una amputación de una pierna. Luego de ellos, la casa tuvo una residente por casi 30 años y luego pasó a ser un hogar de ancianos. Para mediados de los años setenta, Villa Paula estaba en un estado crítico de deterioro y servía de hogar a vagabundos. No como los de Draco: rodando por el mundo, camino, camino / pregunta a la quimera el enigma del destino / nómada loco, noctámbulo y soñador… No, sino de los que no tienen casa. Finalmente, por fin la propiedad fue comprada por el señor Cliff Ensor al Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano con el propósito de restaurarla a su estado original. Eso se demoró más de 10 años en suceder, pero al menos ya la propiedad estaba asegurada. En todos estos años se formó la leyenda de Villa Paula.

Esto es lo que se dice de la casa:

Que se escuchaba que tocaban a la puerta de entrada, de forma constante pero intermitente. Sin haber nadie tocando. Esto no parecía tener explicación.

Esto próximo me choca particularmente, porque los que me conocen saben que amo los gatos y soy orgullosa “madre” de cinco, y parece que la presencia de la casa odiaba los gatos. Tres gatos domésticos de uno de los dueños murieron, golpeados por una puerta de hierro que parecía ser empujada con fuerza. Se dice que no había viento para cerrar de golpe la puerta. Se dice también que Muriel Reardon, la que vivió en la casa por más de 30 años luego del cónsul, odiaba a los gatos.

La puerta de una de las habitaciones solía cerrarse también de golpe, sin razón aparente. Se dice que Paula, al sentarse al piano, cerraba la puerta para evitar las ráfagas de viento en sus hombros.

Dicen que hasta el sol de hoy se siente fuerte aroma a café procedente de la cocina, así como el olor fragante de rosas en el comedor… en temporada que no es de rosas.

Cliff, ese dueño que compró la casa al estado también cuenta haber visto dos apariciones. Contaba cuando ya estaba muy viejito que un día, con el rabito del ojo, vio una sombra que se evaporó antes de que pudiera verla bien. Por el corredor que lleva a los cuartos, por donde yo anduve curioseando, vio lo que él describió como una mujer cubana (como se le ve la nacionalidad a un fantasma, no se), con el cabello negro recogido en un moño, silbando alegremente por el pasillo, con un vestido largo y con una sola pierna… y desapareció en el aire. Se escuchaban tacones en el caminito de piedra del patio trasero. Platos y cubiertos tirándose al piso de la cocina; una lámpara de candelabro se desprendió del techo en el portal de la casa causando un estruendo a su caída. ¡Oye no está fácil vivir con fantasmas bravos!

Luego, vino una investigación psíquica, supuestamente ya algo serio.  En una sesión de espiritismo en 1976 se reveló que no era solo el espíritu de Paula el que habitaba la casa, sino que eran cuatro espíritus más.

Supuestamente, Paula era muy tímida para identificarse propiamente, pero reveló que le gustaba moler café colombiano (vea usted pues, ¡hasta con los fantasmas tenemos buena fama!), tocar la música de “Carmen” en el piano, y poner rosas en la mansión porque le encantaba su olor. Otro era un hombre delgado, con sombrero de copa; una señora gruesa de vestido rojo; una mujer que lloraba molesta porque había perdido una medalla en el jardín. Finalmente, una mujer joven, muy triste, que buscaba el lugar del entierro de su bebé -ilegítimo, que se encuentra en algún lugar de los terrenos de Villa Paula, o cerca por los alrededores. Se cree que podría tratarse de una empleada de la casa. Luego de esa sesión espiritista, se dice que la actividad mermó bastante, pero que para los años ochenta se empezaron a manifestar de nuevo, con apariciones de Paula y más víctimas gatunas. En 1989 el periódico más importante de la ciudad, The Miami Herald, nombró Villa Paula como la edificación más embrujada de Miami. El dueño actual comenta que dos veces al año aparecen flores en una tumba que hay en el patio. Nadie sabe quién las trae.

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Los que me conocen saben que igual que amo los gatos, tengo una aberración casi anormal por las gallinas. No las odio, por favor, en esta casa no se matan ni gusanitos, se sacan al balcón para que los gatos no los maten. Pero si estoy en sandalias y hay una gallina cerca, automáticamente enrosco los deditos de los pies. Es algo más fuerte que yo. Para entrar a Villa Paula, tuve que pasarle por encima a una gallina que vive allí en el balcón de la entrada. En mi cabeza decía “es ridículo el pánico que le tienes a las gallinas, dale pa’lante”. Pues la condenada estaba cuidando unos pollitos y no le gustó para nada que le pasara tan cerquita y abrió sus alitas y me miró con cara de asesinato. Así que entré a la casa ya pálida del susto. Según Hollywood y los shows que ve mi hijo en tele, se siente frío cuando hay una presencia cerca (¿se acuerdan de The Sixth Sense? Spoiler alert, a ella siempre le daba frío cuando Bruce Willis se acercaba). No sé si en Villa Paula hacía frío pero sí se siente un ambiente pesado, cargado. Estuve en la cocina, donde Paula molía su café colombiano y solo diré esto: ya necesito que venga familia a visitarme de Colombia y me traiga un par de libritas de mi café Oma que se me acabó, para no terminar como alma en pena igual que Paula.

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