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Puerto Rico, mi isla doncella

Llevaba días tratando de escribir algo sobre Puerto Rico, ese pequeño paraíso caribeño, terruño de solo 100 x 35 millas que es la más pequeña de las Antillas Mayores, la más grande de las Menores y que cuando hablo de “casa”, me refiero a ella. Ese pedacito de tierra que alberga algunos de mis más grandes amores. Quería escribir algo tan inspirado en ese amor inexplicable que uno siente por la tierra que lo vio nacer, como un Juan Antonio Corretjer de la vida, que se inspiró en el nombre taíno de la isla al escribir líneas tan gloriosas como:

“Y gloria a las manos, a todas las manos que hoy trabajan
porque ellas construyen y saldrá de ellas la nueva patria liberada.
¡La patria de todas las manos que trabajan!
Para ellas y para su patria, ¡Alabanza!, ¡Alabanza!”

Pero yo no soy Corretjer. Soy una “amateur blogger” con un par de artículos publicados que la hacen sentir como la gloria. Pero sentía casi una obligación moral de expresar en una especie de carta de amor, ese sentimiento hacia mi tierra. La tierra de mi papá, cuyas cenizas volaron en uno de sus lugares favoritos, la Bahía de San Juan. La tierra de mis abuelos Ginés, del centro de las montañas de Ciales. ¿Pero cómo? Con estos sentimientos a flor de piel desde ese nefasto 20 de septiembre, que les cambió la vida a todos allá y a nosotros acá, ahora enfrentados a la incomunicación y al desasosiego de no tener noticias de los nuestros durante días y noches eternas. Cada intento desataba episodios largos de llanto.

El primer blog post que escribí como introducción para “Los Viajes de Ginés” se llama “Soy Caribeña”, y es que uno es producto de su crianza, su familia y sus alrededores. Imposible ver esas imágenes del nuevo Puerto Rico y no conmoverse hasta las lágrimas al ver cada paisaje conocido, cada lugar amado, devastado por la fuerza atros de la naturaleza… Recordé casi como una película paseos de niña al Parque de las Palomas y luego paseos con mi hijo al mismo lugar; paseos a Salinas un domingo a comer empanadillas de chapín, y mi papá llamando al dueño del restaurante (que era su amiguito) a decirle que íbamos de camino y salían a pescar el chapín fresco para nuestra llegada. Viajes en jeep y 4×4 a la montaña a comer y oír música en vivo de trovadores. Llevar a nuestros turistas con orgullo al Museo de Arte de Ponce y al Parque de Bombas. Nuestro trabajo de grado de la universidad que fue grabado con amigas y ahora son como hermanas en la locación más bonita: El Castillo Serrallés. Alejandro soplando burbujas en el Parque Muñoz Rivera, el mismo al que me llevaba mi mamá. Llevar a mi tía Lilia al tour de Bacardí y pasar tres veces por el trago por la casa que se supone que era uno, pero ella sacaba unos cuantos. Caminatas incontables por el Viejo San Juan ya de grande y de adolescente noches de fiesta que hasta ahora siguen siendo las mejores. Camping en las playas más lindas (¡aunque ahora me gustan más los hoteles!). Perdidas por la Ruta Panorámica buscando el Cañón San Cristóbal. Corridas a caballo en Luquillo. Comida deliciosa en todos lados. Piraguas en el calor. Aprender a correr patines con mi prima frente a casa de mis papás en Summit Hills. El primer y doloroso amor. Mis paseos solitarios cerca de la universidad por Villa Palmeras a curiosear el mundo. ¡Cantar en el cine “los colores de mi tierra”! El lugar que te dio educación y te formó, donde tomaste grandes decisiones, algunas buenas, otras no tanto. Montañas verdes, las playas más lindas, flamboyanes florecidos, ríos que enamoran y recargan el alma. Es la cara de amigos. Es el recuerdo de la familia. Son tus raíces. Donde se aplaude cuando aterriza un avión. Donde te dicen “ay bendito” y “Dios te cuide”. ¡Cuna de artistas que le han dado la vuelta al mundo entero y han puesto ese pequeño 100 x 35 hasta en la China!

Que duro es verte lastimada y no poder hacer más…

Por supuesto, no soy la única que se siente así, ni mi dolor es peor que el dolor del que está allá pasando trabajos y necesidades y viendo nuestra casa así con total impotencia. Desde acá, había que dejar la pena y canalizarlo en acción.

Ya es casi imposible decir cuántas veces al día lloramos en los días post-María. Hace exactamente una semana, algunas de las estrellas más brillantes de nuestra isla movieron sus grandes influencias para producir un concierto y “teletón” que fue tan grande que, por primera vez en la historia, las dos cadenas hispanas más importantes de Estados Unidos transmitieron de manera simultánea. Es difícil de explicar la emoción de ver en vivo a un Pedro Capó y a una Kany García en un estadio [Marlin’s Park] completamente SOLD OUT, cantar “Cuando la soledad me arropa, cuando me siento sola entre ciudades, yo vuelo en un instante y vuelvo a ti”, de ver a un Vin Diesel pedir que prendiéramos las linternas de los celulares para mandarle luz a la Isla, de ver un mar de banderas en una ciudad que te ha adoptado, pero no es la tuya… De estar presente en lo que para mí fue de los momentos más emotivos de la noche: oír a Alejandro Sanz decir “alguien dijo que en Puerto rico se habían quedado sin luz, yo digo que se quedan sin electricidad pero sin luz es imposible porque la inventaron ellos”. Y ese cierre que muchos vieron, un Marc Anthony visiblemente emocionado cantando el segundo himno de Puerto Rico, la oda a la patria del jibarito Rafael Hernández, “Preciosa”.

No, los de “acá” no estamos haciendo fila ni pasando calor y les puedo confesar qué hay un “survivor’s guilt” enorme, pero les juro que estamos con ustedes. Con el dinero de esa taquilla, coordinando donaciones, editando comerciales, de formas tal vez invisibles para ustedes, estamos ahí. Con el pecho apretado todo el tiempo. Haciendo llamadas para conseguir un avión que llegue. Pensando en todos los contactos que nos hemos cruzado en esta vida a ver qué más se puede hacer en esta breve pero angustiosa distancia. Buscando impactar de forma más directa, tratando de evadir la burocracia y la corrupción que tristemente es parte de nuestra idiosincrasia; en términos de nuestra industria, manteniendo la isla en “top-of-mind” del mundo. Han sido días duros, para todos, de maneras muy distintas.

Ese mismo poder de la música es grande. Esta semana también tuve la oportunidad de ver a la diva ponceña, Ednita Nazario, recibir un premio en La Musa Awards aquí en Miami. En su discurso, dijo entre lágrimas “es un privilegio para mi llevarme a casa este premio… una casa maltrecha, una casa lastimada, pero una casa que yo se que con el amor de ustedes, con el apoyo de todos nuestros hermanos de la diáspora y de los puertorriqueños que estamos allá, que la vamos a luchar hasta el último día de nuestras vidas, yo sé, tengo toda la fe que nos vamos a levantar, más lindos, más bellos, más felices que nunca, porque Puerto Rico va a volver a brillar”.

Yo tengo la misma fe.

Y les puedo asegurar que aunque sientan desfallecer, no están solos. Porque desde ese 20 de septiembre, nuestro corazón no ha salido de Puerto Rico.

 

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¡Esta NO es la guía definitiva de Puerto Rico!

Este verano hice algo que vengo haciendo desde que me convertí en una estadística más de la diáspora boricua: ser turista en mi tierra. Aunque nadie tiene que venderme las bellezas de Puerto Rico –soy su embajadora por donde quiera que voy, esta vez el viaje era más importante. Iba con mi hijo. Un boricua nacido en San Juan que se ha acostumbrado demasiado a su vida gringa. Era una mujer con una misión: hacer que mi hijo se enamorara de su Isla después de 4 años de ausencia.

Puerto Rico es un pequeño paraíso caribeño de 100 x 35 millas. Aunque en teoría puedes darle la vuelta a la isla en un día, la idea era que disfrutara y que lo que viera, lo viera bien. Si le fuera a hacer una guía a un extranjero, esta NO sería necesariamente la ruta que le haría. Pero para nosotros, fue absolutamente perfecta.

Desde que no vivo en Puerto Rico, usualmente llego a San Juan para visitas cortas y hago algún paseo fuera del área metro (¡si tengo el tiempo!). Esta vez, acompañada de mi hijito, alquilamos un auto y nos dimos a la aventura de recorrer Puerto Rico y verlo a través de sus ojos. Arrancamos estos 10 días en el noreste de la isla. Alejandro, mi hijo, le dice a cualquiera que lo escuche que no le gustan las playas de Miami porque según él, no tienen olas. Bueno, según él, no; no tienen olas. Así que la primera misión de una de sus tías postizas que nos esperaba en el pueblo de Río Grande, era llevarlo a las olas.

Noreste / Sureste:

Nuestra primera parada fue en el Wyndham Grand Río Mar, un resort emblemático que lleva muchos años de excelencia; ha cambiado de dueño y de cadena, pero cualquiera en Puerto Rico sabe lo que significa “Río Mar”. Efectivamente, Alejandro tuvo todas las olas que quiso. ¡Hasta pasamos un buen susto con una traicionera corriente que nos haló un rato hasta que casi no nos podíamos salir! Siguiendo la ruta de las olas, fuimos a una playa que es especial para mí porque era la favorita de mi papá, Costa Azul. En el noreste de la isla, el pueblo de Luquillo marca el comienzo de la reserva natural del corredor ecológico del noreste, que termina en la playa de Seven Seas en Fajardo. Luquillo es 26 millas cuadradas con 12 millas de hermosa costa atlántica, acurrucado en las orillas de la reserva de El Yunque. Costa Azul es una de esas playas a las que todos fuimos de chiquitos, en lo que en Colombia le llaman “paseo de olla”; ustedes saben, las tías y la mamá te llevan con las ollas de arroz con salchicha (o cualquier facsímil razonable), hacen BBQ improvisado en la arena, la hamburguesa te queda con saborsito a sal y tu mamá te hacía una casita con toallas para quitarte el traje de baño mojado antes de irte porque si no te enfermabas (¿o era yo a la única que le hacían esto?). Esta parte de Luquillo siempre me ha parecido detenida en el tiempo; los edificios todos parecen de los años setenta. Pero sigue teniendo el mismo encanto de cuando yo tenía la edad de Alejandro. La arena es de color rojo dorado natural y hay arrecifes de coral llenos de coloridos peces y vida marina. Hay una gran variedad de alojamientos de alquiler como condominios, villas, apartamentos y casas para alquilar en la playa o cerca de la playa en las calles laterales. Allí también está la playa La Pared, una de las playas de surfing más famosas de Puerto Rico; más adelante encuentras la playa La Selva, una zona perfecta para los más aventureros con un oleaje más pesado. Nuestro recorrido lo seguimos hacía el sureste de la isla, hasta el pueblo de Maunabo. Específicamente, fuimos al Faro Punta Tuna. El faro es lindo e impresionante, pero casi tan lindo e impresionante es el camino para llegar hasta él. El faro se encuentra localizado en el punto más meridional del este de la isla; fue construido entre 1891 y 1893, y se encendió por primera vez en 1892. El faro pasó por los embates de dos tormentas devastadoras para Puerto Rico, San Ciriaco en 1899 y San Felipe II en 1928. El pueblo de Maunabo quedó totalmente destrozado, pero el faro se mantuvo intacto y en 1981 entró en el Registro Nacional de Lugares Históricos de los Estados Unidos. Aunque no se puede entrar al edificio del faro como tal, solo la vista vale la visita. Cuando íbamos de regreso, paramos a realizar el nuevo deporte nacional boricua, “chinchorreo*”, en la carretera de Yabucoa. De ahí nos dirigimos hacia el Malecón del pueblo de Naguabo, donde realizamos mi deporte favorito: ¡comer! Los municipios costeros cuentan con una oferta gastronómica donde los mariscos son protagonistas. Naguabo no es la excepción, desde el pescado en leña hasta el mofongo relleno de mariscos; y como dato curioso les contaré que Naguabo fue el lugar que vio nacer la creación de la empanadilla de chapín.**

En Naguabo sentí lo que ya en las ciudades grandes no se siente, calor de comunidad. Un niño tal vez un poco más pequeño que Alejandro vino a invitarlo a jugar. Los citadinos desconfiados que habitan en nosotros inmediatamente dijimos “¿pero de donde salió? ¿Quienes son sus papás?” Resulta que era el hijo del dueño de la heladería que está en el Malecón, Maury La Barquilla, que lleva su mismo nombre. En ese mismo Malecón hay una estructura muy llamativa pero abandonada, los restos del Castillo Villa del Mar,  que guardan testimonio de un pasado de plantaciones, trapiches y esclavitud, cuando aún la caña de azúcar era reina del Caribe. Es uno de los pocos ejemplos del estilo arquitectónico victoriano que hay en Puerto Rico. Fue eje de comercio por contar con su propio atracadero y era usada para la exportación de azúcar. Dicen que tiene uno que otro fantasmita. Voy a tener que investigar más sobre este tema…

El último lugar del recorrido por el este de la isla fue una visita al Río Las Pailas. Cuando era una niña, recuerdo que mi madre y mi tía me llevaban también en “paseo de olla” a este hermoso lugar. ¡Jamás me imaginé que mi hijo y mi sobrino gringo gozarían tanto allí! Las Pailas es un río que nace en las aguas de El Yunque y por cuyas rocas uno se tira tal cual parque acuático y cae en una piscina natural. Se llega muy fácil entrando por el pueblo de Luquillo y uno se estaciona en una casa privada y baja por un camino dentro de la misma propiedad. Como en cualquier aventura al aire libre, vayan con precaución. El traje de baño de Alejandro no regresó a Miami y salimos con una rodilla hinchada. ¡Pero como gozamos!

Norte:

Por primera vez, pasé muy poco tiempo en mi amada San Juan. ¡Esto no se lo recomiendo a nadie que vaya de visita a Puerto Rico! El Viejo San Juan, el casco histórico de la ciudad, es una joya arquitectónica. Recientemente la ciudad completa ha tenido un renacimiento gastronómico espectacular, contando con lugares que van desde “hispter” food trucks y conceptos de estudios de cocina, hasta lugares mucho más elegantes y tradicionales. Paseamos por los fuertes históricos de San Cristóbal y San Felipe del Morro, ambas edificaciones españolas del Siglo XVI que servían de defensa para la ciudad de atacantes marítimos de Europa. En 1983, el Viejo San Juan entró a la lista del Patrimonio Mundial de las Naciones Unidas (UNESCO) y sobre 2 millones de visitantes los recorren anualmente. El Morro es uno de los sitios turísticos más visitados de la isla. Tal cual turista en nuestra tierra, recorrimos garitas y nos sentamos en balas de cañón. Alejandro quedó muy impresionado con la historia de la infame Garita del Diablo de San Cristóbal, pero esa historia se las guardo para otro día. Fuimos a los lugares típicos de cualquier visita sanjuanera: La Capilla del Cristo, la Catedral Metropolitana Basílica San Juan Bautista (¡se queda sin nombre!), el Hotel El Convento, el Parque de las Palomas, la casa más estrecha del hemisferio en la Calle Tetuán, para que no nos contaran, al famoso Señor Paleta y Ale se mojó en los chorritos de la Plaza del Tótem. Algo que me llamó la atención como amante del arte “callejero”, ante la crisis fiscal por la que está atravesando la isla, es como ha seguido creciendo esta expresión artística en San Juan. Mucho mural de protesta, pero mucho mural de nuestra bandera, símbolo inequívoco de nuestro orgullo patrio, no importa las circunstancias.

Noroeste / Centro:

Algo que quería hacer con Alejandro hace mucho tiempo era visitar las Cuevas de Camuy. No las visitaba hace casi 20 años, pero la verdad es que sigue siendo un espectáculo natural como pocos en el mundo, ya sea la primera visita o la décima. El Parque Nacional de las Cavernas del Río Camuy es un sistema de cuevas ubicado entre los municipios de Camuy, Hatillo y Lares, pero la entrada principal del parque se encuentra en Quebrada, Camuy. Las cavernas forman parte de una gran red de cuevas naturales de piedra caliza y vías subterráneas excavadas por el tercer río subterráneo más grande del mundo, el Río Camuy. Hay evidencia arqueológica de que fueron exploradas hace cientos de años por los indios Taínos, los primeros habitantes de Puerto Rico. Sobre 10 millas de cavernas, 220 cuevas y 17 entradas al sistema han sido trazadas hasta ahora. Pero esto es solo una fracción del sistema entero que muchos expertos creen todavía sostiene otras 800 cuevas. Sólo una pequeña parte del complejo está abierta al público. En esta ocasión visitamos Cueva Clara. Vimos murciélagos, estalactitas y estalagmitas y otras formaciones raras de piedra, arañas y escorpiones. El parque de 268 acres construido alrededor del sistema de cuevas cuenta con recorridos de algunas de las cuevas y sumideros, y es una de las atracciones naturales más populares en Puerto Rico.

Aprovechamos la cercanía para hacer una visita rápida al “pueblo del grito”: Lares. Lares es conocido por sus hermosas haciendas cafeteras, su buen café, su helado de sabores raros y, obviamente, por el grito. Lares es un encantador pueblo montañoso que me atrevo a decir, es el más patriótico de Puerto Rico. La bandera del pueblo es comúnmente identificada con la causa de la independencia de la isla. Y esto tiene su razón de ser. El Grito de Lares es el primer y único grito de independencia que ha tenido Puerto Rico. El 23 de septiembre de 1868 entre 600 a 1000 hombres se rebelaron por la Independencia de España. La mayoría de los detenidos eran inocentes jíbaros, cuya única culpa era ser víctimas pasivas del régimen político. Los ciudadanos de la capital y los ricos eran indiferentes al movimiento independentista. Los hombres estaban mal armados y sin ayuda, protección o entrenamiento. La insurrección tuvo varios líderes, los más prominentes, don Ramón Emeterio Betances (1827-1898), dirigiendo el movimiento desde el exilio en Santo Domingo, y Segundo Ruiz Belvis (1829-1867) co-líder con Betances. Ana María (Mariana) Bracetti Cuevas (1825-1903), esposa de uno de los miembros de la insurrección, cosió la bandera revolucionaria diseñada por Betances. Las razones de la insurrección fueron: pobreza, esclavitud, impuestos, falta de oportunidad y gobierno militar. Dirigido por Don Manuel Rojas, el movimiento fue aplacado en menos de 24 horas. Tenía que dar el trasfondo de la historia porque de eso se trata este espacio, de la historia de los lugares.

Ninguna visita a Lares está completa sin pasar por la Plaza de la Revolución, donde se encuentra la Iglesia San José de la Montaña, el monumento a Betances, el monumento al Grito y los famosos helados. ¿Que tienen de raros los helados de Lares? Puedes comerte una barquilla de aguacate, de batata, de maíz, de habichuelas y muchos más. ¡Yo por mi parte me comí una de arroz con dulce que estaba espectacular! Si cuentas con más tiempo, recomiendo visitas a las haciendas cafetaleras, Lealtad y Renacer. Dato curioso: Al presidente Clinton lo llevaron a la Heladería Lares en una visita a Puerto Rico en el 2008, y comió helado de mango.

Sur / Suroeste:

El cierre de estas inolvidables vacaciones era un fin de semana de playa. En Puerto Rico, cualquier costa es hermosa, así que era cuestión de escoger. Yo quería ir a Guánica, así que busqué en Airbnb, Home Away y Flipkey, aunque donde realmente quería ir era al hermoso hotel Copamarina, me salía muy costoso porque éramos un grupo grande: nos íbamos a juntar con mis amigas de la Universidad del Sagrado Corazón, mi querida alma mater, donde nos graduamos todos de Comunicaciones hace algunas lunas. Fue precisamente un profesor de la universidad el que me recomendó el lugar donde finalmente nos quedamos y cupimos todos. Pero ahora les cuento esa parte. De camino a Guánica, hubo dos paradas importantes en el camino, dos visitas familiares. Ya rumbo al sur, paramos en el pueblo de Guayama para visitar a mi tío.  A la ciudad de Guayama se le llama “Ciudad de los Brujos” ya que desde el siglo 19 habitaban muchos curanderos, espiritistas y santeros en su territorio. Posteriormente un popular lanzador del equipo de beisbol de Guayama, conocido como “Moncho El Brujo” acuñó el sobrenombre y el mismo se vinculó entonces al deporte.  Este territorio fue habitado por indios Taínos y la ciudad fue fundada en 1736. Hay ganado y paisajes de valle y montaña. De Guayma seguimos nuestro recorrido hacia la segunda ciudad más importante de Puerto Rico y la tierra de los abuelos paternos de Alejandro, Ponce. La verdad es que de Ponce, La Ciudad Señorial, podríamos hablar por días. Tiene su propio estilo arquitectónico (criollo ponceño), está bordeada al sur por el imponente Mar Caribe, cuenta con una importante colección de arte europeo en el Museo de Arte de Ponce (que fue orgullosamente mi cliente hace muchos años), con el bellísimo Castillo Serrallés (allí grabamos nuestro proyecto de grado, que era una producción completa fuera de estudio; ¡estoy segura que nadie más ese semestre tuvo una mejor locación que nosotros!), entre otros. Dimos una vuelta por los murales de “Ponce es Ley”, una bienal de arte que empezó en el barrio sanjuanero de Santurce hace unos años, y también vimos algo muy curioso. En la entrada al Paseo Tablado de la Guancha, cerca del Club Náutico, hay una estatua de un león, orgulloso símbolo de la ciudad. La Fuente del León tiene la peculiaridad de que la cara del león se parece mucho al fallecido y muy querido alcalde de Ponce, don Rafael “Churumba” Cordero. Bien dicen de la perla del sur, “Ponce es Ponce y lo demás es parking”.

Seguimos nuestro camino a Guánica. Guánica es un tranquilo pueblo en el sur de la isla, con una topografía increíble, playas hermosas y encantos naturales únicos. Fue por Guánica por donde, en 1898, desembarcaron las primeras tropas norteamericanas durante la Guerra Hispanoamericana, donde eventualmente Puerto Rico se convirtió en botín de guerra.

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Estoy segura que el hotel más hermoso de Guánica es el Copamarina Beach Resort & Spa y lo puedo recomendar con los ojos cerrados y aunque estuvimos de visita, este no fue nuestro “hogar” por el fin de semana; lo fue un ecléctico hotel con villas de nombres curiosos: Mary Lee’s by the Sea. Nuestro apartamento, “Tranquila”, era de dos habitaciones, la decoración era lo que denominamos como “tiki-tacky”. ¡Pero no hay nada que cambiarle! Además de las dos habitaciones, había camas en la sala y en la cocina. Sí; ¡en la cocina! Lo importante era que nos podíamos acomodar todos, mis adoradas amigas que se convirtieron posteriormente en familia y también a nuestros hijos. Hemos vivido graduaciones, bodas, divorcios, viajes, penas, alegrías… ¡y aquí estamos! Eso era lo más importante para mí de este viaje: que mi hijo reconectara con sus raíces boricuas; que conociera a los hijos de los que fueron mis fieles compañeros de andanzas y aventuras juveniles; que se conociera la próxima generación.

Aunque Guánica es pequeño, tiene muchas cosas para ver: tiene un viñedo (creo que el único en Puerto Rico), tiene una finca de girasoles, Playa Santa, pero sin duda, uno de sus principales atractivos son sus hermoso y paradisiacos cayos de manglar. Desde el balcón de nuestra villa el cayo de Gilligan queda a una milla y se ve muy claro y muy cerca. De hecho, se puede llegar en kayak, pero nosotros fuimos en lancha de motor. Gilligan es el apodo de Cayo Aurora, una reserva natural de la playa de Caña Gorda que está protegido por Recursos Naturales. Sus aguas cristalinas son perfectas para hacer ‘snorkeling’, ver peces, erizos y mucha más vida marina. Lo ideal es ir con kayaks o flotadores de esos gigantes que pone Taylor Swift en su Instagram. Guánica nos regaló noches de increíble luna llena y reencuentros. Hubiera sido el cierre perfecto a este maravilloso viaje, pero tuvimos una sorpresa adicional. La última playa en nuestra gira a Puerto Rico fue la de Combate en el pueblo de Cabo Rojo, en la punta más meridional del oeste de la isla. Mi dupla universitaria y su esposo tienen unos apartamentos para alquiler justo al frente de la playa (Combate Paradise Apartments –¡muy recomendados!). Y allí sí juntamos a la próxima generación. Ahora trabajamos en las artes, tenemos negocios, trabajamos en turismo, en producción, en publicidad… ¡algunos hasta escribimos historias de viajes! Viendo esa foto de nuestros hijos, en esa hermosa playa, no puedo evitar imaginarme qué harán ellos, y solo puedo esperar que un día no muy lejano, tengan las mismas amistades hermosas y perdurables que tenemos nosotros.

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Se nos quedó fuera toda la costa noroeste de Puerto Rico, donde también hay playas hermosísimas como las que le gustan a mi hijo, con muchas olas. Puerto Rico es CASA no importa donde estemos, así que ya habrá oportunidad de volver.

Lo he dicho muchas veces: se trata del viaje, no del destino. Pero también de quienes nos acompañan en el camino.

 

*chinchorreo – en Puerto Rico conocemos por “chinchorro” un espacio que invita a pasarla bien en un ambiente de pura informalidad; comer y beber en chinchorros es ‘chinchorrear’.

**chapín – “trunkfish”; pez que se suele encontrar solo en arrecifes de poca profundidad y áreas rocosas.

Para reservaciones en Combate Paradise Apartments, se pueden comunicar al 787-546-1300. Están ubicados en la Carretera 3301, Cabo Rojo – Puerto Rico 

Las Siete Villas de Coral Gables

Siguiendo con los barrios de Miami, hoy les cuento algo muy particular sobre otro barrio lleno de historia: Coral Gables. Coral Gables está situado en el suroeste de la ciudad y fue una de las primeras comunidades en Estados Unidos con una base de planeación urbana. La mente brillante detrás de este singular espacio, donde no se sigue la numeración de calles y avenidas del resto de la ciudad sino que todos los nombres de esas calles y avenidas están en muros de piedra bajitos en cada esquina y todos son en español, fue del señor George Merrick. Merrick era un desarrollador de bienes raíces nacido en Pennsylvania en 1886. Su familia se mudó a Miami cuando él tenía 12 años; estudió leyes en Nueva York hasta 1911, cuando la muerte de su padre aceleró su regreso a las soleadas costas de Miami. Fue un pionero de las carreteras de esta parte del país (¿lo podemos traer de regreso para que termine el Palmetto?), incluyendo las vías que conectarían la comunidad de Coral Gables con el resto de la creciente ciudad de Miami. Junto con el Comisionado Edward DeVere Burr, estuvieron envueltos en la gran mayoría de los proyectos de construcción de carreteras del condado de Miami-Dade, desde mi ruta diaria de lunes a viernes de la US1, el Tamiami Trail a través de los Everglades, el Causeway a Miami Beach y la hermosa Old Cutler Road, entre otras. Estos avances permitieron que la población del Miami metropolitano creciera cuatro veces su tamaño entre 1915 y 1921, transformando así a una ciudad en pañales a una movida metrópolis.

Entonces, hablemos de Coral Gables. En 1922, Merrick empezó a diseñar detalladamente los 3,000 acres de terreno que heredó de su padre. Se encargó de incluir anchas calles enmarcadas por enormes árboles, puentes delicados y campos de golf urbanos. Se encargó de cada detalle. En su equipo tenía personajes tan brillantes como él, con diferentes trasfondos culturales, entre ellos artistas, arquitectos, paisajistas. Le interesaba mucho el tema de la zonificación, delineando zonas residenciales, comerciales y recreacionales para que hubiera una diferencia clara entre ellas. El estilo general de Coral Gables es muy mediterráneo. Eso no es casualidad, obviamente. En solo tres años, Merrick invirtió $20 millones de dólares construyendo precisamente esas casas de estilo mediterráneo, que complementaban perfectamente bien al legendario Hotel Biltmore (otro día hablamos de él), los clubes y otros edificios de cuya supervisión el propio Merrick estuvo a cargo. Estas casas son hermosas. Bueno, por lo menos a mí me encantan, aunque mi hermano dice que él le gustan las de estilo más moderno. Pues resulta que había muchos como mi hermanito, a los que el estilo de Coral Gables les parecía muy repetitivo, entonces, en un esfuerzo por expandirse creativamente, Merrick decidió incluir pequeñas villas dentro de la comunidad y de esas siete, increíbles villas es que les voy a contar hoy.

En mis andanzas curiosas por la ciudad, había descubierto unas casas de claro estilo chino. ¡Me parecían tan raras! Como la famosa de Tito Rodríguez en Ocean Park en San Juan, Puerto Rico, que mi papá siempre me mostraba con su particular estilo japonés. La verdad, no me explicaba de donde salía ese bloque de casitas chinas en el medio del suroeste de Miami. Casualmente, ayer pasé por ahí. Tomé un par de fotos. Ya sabía de donde habían salido. Pero entonces me di a la tarea de ir personalmente a conocer las siete villas comisionadas por el Señor Merrick. Como comentaba, el señor, que solo debo asumir era muy excéntrico, se rodeó de gente muy educada también. A continuación, los detalles de cada una de las villas, cuyo único propósito fue añadir diversidad a esta comunidad.

Villa China:

La villa china fue diseñada por el arquitecto Henry Killam Murphy, estudioso de la arquitectura oriental. Este grupo de casas están conectadas por una pared común y cuenta con entradas ornamentales muy decoradas, puertas que sugieren un estilo “compound” y fueron construidas entre 1926 y 1927.

Villa Holandesa /sudafricana:

¡Este estilo me encantó! Fue la segunda villa que encontré en mi investigación. Las chinas las veía siempre por casualidad; estas las fui a buscar. Están diseñadas basadas en las granjas (“farm houses”) holandesas que los colonos construyeron a su llegada a Sudáfrica. El arquitecto de esta sección fue Marion Smith Wyeth.

Villa Francesa (Normandía):

Tantas veces que he pasado por allí y no conocía la historia… Construida para imitar un pueblo francés del siglo XV, con entramado de madera, techos de dos aguas y simulando un segundo piso, también fue construida entre 1926 y 1927. Sus arquitectos fueron John y Coulton Skinner.

Florida Pionera:

Esta villa también fue diseñada por John y Coulton Skinner y la firma de John Pierson, y emula las mansiones de Nueva Inglaterra. Su construcción se llevó a cabo entre 1925 y 1926.

Villa Rural francesa:

 

Esta villa está inspirada en la arquitectura rural de la Francia del siglo XVIII y se pueden apreciar dos estilos muy claros. El arquitecto Frank Forster diseñó casas con estilo de granja, mientras que los arquitectos Edgar Albright y Phillip L. Goodwin diseñaron casas con un estilo más rústico.

Ciudad Francesa:

 

El arquitecto Mott B. Schmidt se inspiró en la arquitectura renacentista italiana para esta sección. Las obras del arquitecto Phillip L. Goodwin son de apariencia más rústica, aunque mantienen un estilo formal y son de diseño clásico.

Villa Italiana:

Hay 17 casas inspiradas en las fincas italianas. Los arquitectos Alfred L. Klingbeil, John y Coulton Skinner, R.F. Ware y Robert Law Weed diseñaron esta villa entre 1925 y 1927.

Me di a la tarea de ir a cada una de las singulares partes de la comunidad de Coral Gables y aquí pueden apreciar algunas fotos.  Como dato curioso les puedo contar que una de las cinco casas holandesas estuvo a la venta por primera vez en 75 años, en el 2014. ¿El precio de venta? $2.175 millones, por la casa relativamente pequeña de 5 dormitorios localizada en la Calle San Vicente.

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De igual forma, algunas están deshabitadas y se ve que necesitan trabajo de restauración. Seguramente mis lectores originarios de Miami conocían la historia de las villas de Coral Gables. A mí me pareció una fascinante, de pura vanidad estética, como lo puede ser Miami algunas veces. Muchas de ellas están registradas como patrimonio histórico, así que pienso que don George estaría complacido. Sobre él, les termino la historia. En 1928 se encontraba plagado en deudas y salió de la Comisión de Coral Gables. Se trasladó a Los Cayos, donde construyó su Club Caribee, cerca de Long Key. Regresó a Coral Gables dos años antes de su muerte, que fue en 1942, y regresó como administrador de correos para el condado. Un monstruoso huracán, conocido como el Huracán del Día del Trabajo de 1935, destruyó todo en los Cayos medios, incluyendo su club, el cual nunca fue reconstruido. La verdad, hay que admirar la visión preciosista –y sumamente clasista, del caballero, al diseñar una comunidad que fuera, primordialmente hermosa; Coral Gables lo es. A mi me gusta mirar casas, desde que era una niña e iba con mis papás a ver lucecitas de Navidad a casas muy bonitas. Estas vale la pena verlas. Si te interesa conocer las villas, ¡escríbeme! Te paso las coordenadas. Y si te gustaron las fotos y esta historia de una parte de la arquitectura de Coral Gables, cuéntame en los comentarios. Y no dejes de visitar Coral Gables en tu próxima visita a Miami.

 

 

A visit to Providence, Rhode Island

My friends think I’m a world traveler. And although I may have traveled a little more than some people, I haven’t traveled nearly as much as I would have liked and I have not traveled very much throughout the U.S. But, I’ve been trying to change that!

This year I traveled to New England on business. I welcomed the opportunity since this is one part of the United States where I hadn’t been before. So on a recent visit, I decided to stay a few more days after business was concluded and make a mini-vacay out of it. I would start in Providence, RI and would also visit Boston, MA.

While looking into accommodations, I reviewed Boston-area hotels and Airbnb, but Boston was crazy expensive! I found out from a friend it was family weekend at many of the prestigious colleges and universities in the area (ever heard of Harvard or MIT? Yep!). Airbnb – probably because of the same reason – had few good options at the time. Since it was less expensive, I decided to make Providence my hub and wander out from there to wherever I was going.

One of my best friends from back home was joining me for the weekend (“home” is gorgeous Caribbean island, Puerto Rico), and we chose to stay at the Hilton Garden Inn. I had stayed with Hilton before, but this was my first time at a Garden Inn. During my visit, I grew very fond of Providence. The people are friendly and the city is welcoming. Coming from Miami, I particularly appreciated that everything was so close.

The Hilton Garden Inn is located in India Park Point, in the Fox Point neighborhood in the East Side of Providence, an easy Uber ride to many points of interest. Since I usually write about the history of places, here’s a bit of history on Fox Point and India Point Park. Fox Point retains much of its historical character, with houses dating from the 18th and 19th centuries, and Providence’s first port was built in India Point Park, back in 1680. It became a major trading point in the Atlantic triangular trade of slaves, sugar cane and rum, from New England, the West Indies and West Africa.

This is a waterfront property, which doesn’t necessarily mean you’re going to go swimming in the ocean there, but at the nearby Community Boating Center, you can take advantage of one of the many non-profit, public access sailing programs in the country, that makes sailing affordable and accessible to anyone. If you’re lucky like me, you’ll get a harbor view in your room. In early mornings, you can see people biking, jogging and walking their dogs. The park lies in the confluence of the Seekonk and Providence River—where they widen into Narragansett Bay (yep, just like the very good local beer!). The park is the only broad expanse of bay shoreline in Providence accessible to the public.

The staff was very friendly. They made it pretty seamless to extend my business stay into my personal stay and didn’t make me switch rooms in between. And they even offered an upgrade. (I’m always up for an upgrade!)

I am half Colombian, so good coffee is kind of a big deal. A small pet peeve I have is putting cold milk into my hot coffee (which is what’s available in most buffet-style places). Our breakfast waiter was kind enough to have the milk warmed up in the kitchen for us. I’m sure he gained many brownie points towards heaven with his kind gesture.

So we’re there having our hot coffee, babbling away in “Spanglish,” and anther hotel patron who was also having breakfast came up to say, “Hi, I just marvel at how can go back from English to Spanish so easily!” and went on to tell us her daughter had studied abroad in Lima. See? Friendly people everywhere!

Anyway, during our first night there, we went to eat at a hip little restaurant about five minutes away from the hotel, Milk Money. The decor is sort of rustic-chic and the plates are small tapas-style, meant to be shared.

Turns out Providence has a pretty excellent specialty drinks scene. We visited the dark and cozy Magdalenae Room at the Dean Hotel downtown, which used to be a gentlemen’s club! And also visited The Dorrance, an old bank-turned-bar, where the hipster bartender will scold you for touching anything in the bar, but the drinks are amazing. I definitely recommend a stop here, even if you don’t want to get scolded, just to take a look at the stunning building. And the owner is darling! She brought over a complimentary dessert tray on a second visit I did the same week. Everything was to die for!

Overall, the trip was great – from roaming the pretty streets of Providence to visiting historical Boston. And our stay at the Hilton Garden Inn in Providence was a great option. With complimentary coffee and tea in our room, a great harbor view with a perfectly convenient location, Wi-Fi and free parking and helpful staff, it was a great stay for our money. I think it’s a safe bet they will have me as a guest again. Anyway, I have to go back. I still have to see those fabulous Newport mansions for myself!

And keep in mind, it’s about the journey, not the destination.

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Cayo Hueso, Parte II: La primera piscina de Key West

Hace unos mesesitos no había sacado el tiempo de escribir en este espacio al que le he tomado tanto aprecio.

Tenía pensada una historia de lo más interesante sobre Foley Inn House, un Bed & Breakfast en Savannah, GA donde puedes llevar a tu perro (es pet friendly), pero no puedes llevar a tus hijos (es “couples only”). Tiene un pasado escabroso, tal como a mi me gusta, pero ese cuento lo voy a dejar para un futuro cercano.

En días pasados anduve de guía turística por uno de mis lugares favoritos, el colorido y siempre animado Key West, la última isla habitada de las 1700 que componen el archipiélago de los Cayos de la Florida. La mayoría son muy pequeñas y no todas habitadas; 43 de ellas están conectadas por puentes.

Si visitas Key West, la palabra que más vas a ver usada es “Southermost”. Al ser el punto más meridional en los Estados Unidos continentales, hay una parada obligada en una boya negra y roja que tiene el logo de la República de la Concha (¡espero que no me esté leyendo ningún amigo argentino!) o el Conch Republic, que hace referencia a ese 23 de abril de 1982 en el que Key West se declaró en secesión y fue un país independiente… por un día y que marca el punto donde estás a solo 90 millas de Cuba. La historia de la secesión es una buena para otro día también. Entonces, está el hotel “southernmost”, la casa “southernmost”, el selfie “southernmost”, en fin.  Además de todo lo “southernmost”, hay un nombre que también verás más que cualquier otro en la isla: Ernest Hemingway. El escritor norteamericano más celebrado del Siglo XX hizo de Key West su hogar por casi toda la década de los treinta, mientras estuvo casado con su segunda esposa, Pauline Pfeiffer, antes de irse a vivir a Finca Vigía en San Francisco de Paula en las afueras de La Habana, Cuba, con la tercera Señora Hemingway. Sobre las mujeres en la vida de Ernest podemos hacer una tesis doctoral y esto es una entradita más corta, pero para contar la historia que me solicitaron hoy (¡sí, me pidieron que contara!), hay que dar un leve trasfondo de las tres primeras esposas de Hemingway.

La primera Señora Hemingway fue Hadley Richardson, peliroja y 8 años mayor que él y la única esposa que no fue una mujer profesional (dejó la universidad por asuntos familiares y dejó el piano que le gustaba por considerar que no tenía talento suficiente), pero sí independiente financieramente gracias a varias herencias. Con Hadley se casó en 1921, tuvo un hijo, y fue con ella con quien viajó a Paris y conoció a Gertrude Stein y todos los artistas expatriados de la época (¿vieron Midnight en Paris?). Cuando nació el niño, estaban viviendo en Toronto y él trabajaba como reportero para un periódico local. Pero pronto se cansó de la vida de los suburbios canadienses y quiso regresar a París. Y como uno no sabe las consecuencias que nos van a traer nuestras decisiones en el momento, fue en esa mudanza a vivir a Paris que don Ernest le echó el ojo a la que sería se segunda esposa, Pauline Pfieffer.

Pauline era canceriana, igual que Hemingway, y cualquier canceriano como yo le puede decir que cangrejo con cangrejo no funciona, porque nos matamos con las garritas. Pero cuando uno está ciego enamorado, no ve esas cosas. Periodista de profesión, trabajó para Vogue y Vanity Fair, entre otras, y en un viaje a trabajar para Vogue Paris conoció –y se hizo amiga, de Hadley. Hadley y Ernest tenían ya su vida literata perfectamente estructurada en Europa: vivían en París, despedían el año en España y todos los años viajaban a San Fermín a la corrida de los toros. El tercer año consecutivo que viajaron a Pamplona para el evento, ¿quién creen que los acompañó? Pues la mismísima periodista canceriana. En 1926, Hadley se dio cuenta que la estaban cogiendo de boba en su cara y en enero de 1927 se divorció de Ernest. En mayo del mismo año el caballero se estaba casando con Pauline. Un dato curioso, en estos últimos años de matrimonio con Hadley fue que Hemingway tuvo la idea para su primera novela, “The Sun Also Rises” (“Fiesta” es el nombre de la traducción al español de la novela, otro dato curioso, no es “El sol siempre sale” o “El sol se eleva”), y de hecho, está dedicada a ella y su primogénito; como parte del arreglo del divorcio, le dio las regalías de la novela, que cobró toda la vida e incluyeron las de la película de 1957 protagonizada por Tyrone Powel, Ava Gardner, Errol Flyn y el actor de ascendencia boricua, Mel Ferrer. Unos años más tarde Hadley se casó de nuevo con un tipo que suena de lo más decente, y que a todas luces parece que trató muy bien a su hijo, así que fue karma quien se encargó de la amiga Pauline, de quien se trata nuestra historia de hoy.

La famosa casa de Whitehead Street en Key West fue un regalo de matrimonio de un tío de Pauline y tuvo un costo de $8,000. Aunque la casa necesitaba mucho arreglo, la pareja vio el potencial que tenía, la arreglaron y se instalaron allí. Era una casa lujosísima para la época, con el único sótano en Key West, que ha aguantado el embate de huracanes y un detalle muy especial: era la única casa privada en Key West en tener piscina. Y eso es lo que les voy a contar hoy, la historia de la piscina de los Hemingway, esposa No. 2.

No es una historia muy rara, te la cuentan todos los guías en el recorrido de la casa. En 1938, cuando fue terminada, la piscina tuvo un costo de $20,000, el equivalente a sobre $335,000 hoy día. Un lujo sin precedentes para una residencia en los años treinta, no solo por el precio, sin por el brutal trabajo de cavar el hueco de 24 pies de ancho por 60 pies de largo y 10 pies en la parte más honda, en puro coral como es el terreno de Key West. Fue un absoluto logro arquitectónico. En el espacio donde está la piscina, Ernest tenía un ring de boxeo, donde practicaba con algunos amateurs locales. Aunque se dice que Pauline construyó la piscina como venganza al enterarse que a ella también la habían “coronado”, los historiadores de la casa afirman que fue el mismo Ernest quien encargó la construcción de la piscina, pero al partir a uno de sus viajes a España a cubrir la guerra, dejó a Pauline encargada de supervisar la obra y no es un secreto que se quejaba del costo que seguía subiendo y subiendo. Esta era una pareja que peleaba, por ejemplo, durante la Guerra Civil Española, ella apoyaba a los nacionalistas (era una ferviente católica), y él a los republicanos; ¡ni en eso se ponían de acuerdo! Se dice que en una acalorada discusión sobre los costos excesivos de la construcción, Hemingway le dijo que ya que le había quitado casi hasta su último centavo, que ya de una vez, se quedara con el último. Se sacó un centavo del bolsillo y lo tiró furioso al piso. Con el cemento fresco de la construcción de la terraza de la piscina, el centavo quedó allí. Lo puedes ver en el cemento incrustado al lado de una las columnas cercanas a la piscina, frente a lo que ahora es el gift shop del museo, cubierto ahora para preservarlo. Esa es la historia de la primera piscina de Key West. Aunque supuestamente, Pauline no la mandó a construir en venganza, no me parece tan casual que fue precisamente en 1937 cuando Hemingway empezó un romance con la que sería su tercera esposa, la corresponsal de guerra Martha Gellhorn. Pauline y Ernest se divorciaron en 1940. Se casó con Gellhorn 3 semanas después… ¡Igualito que Marc Anthony con Dayanara y JLo!

Pauline y Ernest criaron a sus dos hijos en esa casa, Patrick y Gregory y fue allí donde un capitán de barco le regaló su primer gato “polidáctil”, Snowball, de quien descienden todos los gatitos que habitan ahora la casa. Ella vivió en Key West hasta su muerte en 1951 a los 56 años. Hacía fiestas en la casa y bromeaba que se quedó hasta con su último centavo. Ernest entonces vivió con Gellhorn en Finca Vigía en Cuba.

Como decía, esta casa es uno de mis lugares favoritos del mundo, y aunque en mi humilde opinión, las joyas de la casa son la habitación principal, donde aún está la cama del escritor (y donde duermen los gatos) y el estudio, donde escribió obras cumbres como “To Have And Have Not”, “For Whom the Bells Toll” y “The Snows of Kilimanjaro”, la historia de la piscina siempre le saca carcajadas a los turistas que hacen el recorrido.

*Si quieres saber más sobre la relación del escritor con Gellhorn, puedes ver la película del 2012, “Hemingway & Gellhorn”, protagonizada por el guapote Clive Owen y por Nicole Kidman.  Si te gustaría conocer la casa –y la piscina, se encuentra en el 907 de la Calle Whitehead y está abierta los 365 días del año de 9am a 5pm. El costo de adultos es de $14. Se alquila para eventos, como bodas, pero la verdad, ¿quisieras casarte en la casa de un hombre que se casó 4 veces?

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Ernest y Pauline en la piscina
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Ernest y Pauline
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El estudio
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Busto del escritor en Mallory Square

¡El Caribe Crece!

En días recientes, fui invitada a la rueda de prensa que ofreció la aerolínea Pawa Dominicana en Miami. Pawa Dominicana marca un nuevo hito en la aviación civil del Caribe al realizar el primer vuelo regular de una línea aérea dominicana a Estados Unidos en más de 20 años, con la llegada el próximo 16 de noviembre de 2016 de su primer avión a la ciudad de Miami desde Santo Domingo. La aerolínea estará conectando de manera directa a la capital dominicana con el sur de la Florida con dos vuelos diarios, cubriendo todos los días de la semana. Además, los itinerarios de la línea aérea permiten conexiones rápidas a destinos como Curazao, St. Maarten, Antigua, Puerto Príncipe, Aruba, Puerto Rico y La Habana.

“En el caso de Cuba, que es un destino atractivo para los residentes en Miami, dada la gran comunidad cubana que tiene asentamiento en esta ciudad, Pawa ofrece una oportunidad única de explorar un multi-destino Santo Domingo-La Habana y visitar las dos islas más atractivas para los turistas en un mismo viaje”, destacó el presidente del Consejo de Administración de Pawa Dominicana, Luis Ramírez.

En la conferencia de prensa también estuvo presente la directora de la Oficina de Turismo de República Dominicana en Miami, Wendy Justo, para quien “esto es una buena noticia para todos, especialmente para los dominicanos que verán en Pawa Dominicana una nueva alternativa para viajar entre los Estados Unidos y Santo Domingo, y evidentemente para quienes deseen explorar nuestra capital dominicana, tanto para conocer las bellezas turísticas que caracterizan a nuestra isla en el mundo entero como para quienes buscan un centro de conexiones a cualquier otro destino del Caribe. Estamos seguros de que contar con esta nueva aerolínea nacional, con vuelos a Miami, nos ayudará a alcanzar la meta de los 10 millones de turistas en los próximos años”.

Por su parte el Country Manager de la empresa en Estados Unidos, Daniel Castillo, aseguró que “Pawa ofrece una experiencia diferente, basada en la humanización del servicio, mediante la oferta de atenciones oportunas con la calidez que caracteriza a los dominicanos, la más amplia variedad de canales de ventas de boletos y la mejor atención a pasajeros, tanto a bordo como en los servicios en tierra, así como un índice de puntualidad que en promedio ha superado el 93%, a lo largo del primer año de operaciones que recién cumplimos en el mes de agosto”, expresó Castillo.

La directora de la Oficina de Turismo de República Dominicana en Estados Unidos agregó que Miami es uno de los destinos de mayor flujo de pasajeros desde y hacia Santo Domingo, por lo que la apertura de esta ruta era una de las más esperadas por los viajeros. Entre las ventajas diferenciales del servicio de Pawa destacan la franquicia de equipaje, que permitirá a los pasajeros portar una maleta de hasta 50 lbs. y un equipaje de mano de hasta 22 lbs., al igual que comida caliente y servicio de bar abierto.

El itinerario de vuelos de la ruta Santo Domingo-Miami incluye dos vuelos desde el Aeropuerto Internacional de las Américas a las 10:00 de la mañana y a las 6:15 de la tarde, y desde el Aeropuerto Internacional de Miami a las 5:15 de la mañana y a las 2:30 de la tarde. El próximo destino en el plan de expansión de la línea aérea es la ciudad de Nueva York, además de la inclusión de una nueva oferta de vuelos directos a San Juan, Puerto Rico, desde Punta Cana. Pawa Dominicana es una aerolínea de bandera dominicana y busca posicionar a Santo Domingo como el centro de Latinoamérica para los viajes al Caribe.

Pawa Dominicana inició sus operaciones en el mes de agosto de 2015, y que ha contado hasta el momento con una inversión de más de 53 millones de dólares, un total de 298 empleados directos, con una proyección de más de 116 mil pasajeros transportados para finales de 2016. Para más información sobre Pawa Dominicana y su nueva ruta, visite PawaDominicana.com

La Historia de Emma

Coconut Grove es un barrio de grandes contrastes. Por un lado tienes unas casas hermosas, con patios de una vegetación como se ve poca por estos lados, y a pocas cuadras tienes edificios hacinados, pobres, de “slumlords” y prácticamente olvidados por el gobierno. Coconut Grove es el barrio más antiguo de Miami, habitado de manera continua desde finales del siglo XIX, cuando llegaron los primeros colonos a estas tierras. Muchos años antes de vivir aquí en Miami, venía con frecuencia a visitar a mi hermano, y mi hermano siempre me traía. A mi me encantaba su vibra bohemia, de tienditas de curiosidades que no conseguía en Puerto Rico, y de cafesitos y galerías. Por esa época, este era el sitio “in” de Miami; aquí estaba el Planet Hollywood y aquí me pedían ID para entrar a todos lados (en Puerto Rico jamás me pidieron un ID). La verdad, nunca imaginé que casi 30 años después, me tocaría venir todos los días a mi querido barrio de Coconut Grove, ya no de rumba, sino a trabajar. Los que me leen con frecuencia saben que mi crítica eterna con la ciudad es que en mi percepción, cuida poco su historia. Trabajo en Commodore Street, a una escasa cuadra del Barnacle Society.

Commodore Ralph Munroe, un diseñador de embarcaciones de Long Island y su familia fueron los primeros residentes conocidos que se establecieron en esta zona de la Bahía de Biscayne, en lo que hoy se conoce como el Barnacle State Park. Cuenta con una senda de naturaleza, donde puedes ver flora y fauna de la zona, una vista espectacular de la bahía y donde aún está la casa de los Munroe. Puedo caminar por allí en las tardes e imaginarme un rato como sería la vida en la Miami de mediados de siglo, cómo sería la vegetación, la cantidad de insectos y lo exótico, aventurero y excitante de ser parte de la creación de una nueva frontera de un país lleno de posibilidades.

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El nombre de Coconut Grove viene de… ¡palmas de coco! Algunos de los primeros colonos de la zona llegaron provenientes de Las Bahamas en búsqueda de lo mismo que acabo de describir. Si vives aquí en Miami o eres un visitante frecuente, sabes que este barrio está lleno de pavos reales. Realengos. Por las calles. Los ves en los patios de casas y trepados en carros muy caros. Hay un “Peacock Park”; bueno un “peacock” todo! (peacock = pavo real). Lo curioso es el juego de palabras. Porque tantas cosas importantes con el nombre ‘real’ no viene de los pavos, sino un inglés que se vio cautivado por la zona e hizo su hogar aquí con su esposa: Jack e Isabella Peacock. A finales de la década de 1870, Jack convenció a su hermano de dejar Inglaterra y venir a buscar fortuna al sureste de la Florida. Al mismo tiempo, Ralph Munroe vino a Miami. Aquí hizo amistad con los Peacock y muchas otras familias y en 1882 se trajo a su esposa, enferma de tuberculosis, a vivir al área, confiado en que el clima cálido la ayudaría a recuperarse. Pero a pesar de los cuidados de Isabella Peacock, Eva Munroe murió. Sin embargo, la amistad de Munroe con los Peacock se estrechó y fue él quien le propuso a Jack que abrieran un hotel. El Bay View Inn en Evangelist Street fue el primer hotel del área. Al tiempo se convirtió en el histórico Peacock Inn, que a su vez se convirtió en el centro de actividad social del barrio. Desde esa época, los visitantes a la zona eran bohemios, excéntricos, artísticos y ese aire se mantuvo siempre. Muchos de esos visitantes, cautivados por la exuberante atmósfera de Coconut Grove, decidieron construir sus casas aquí. Casas hermosas. En 1887, Isabella Peacock comenzó a dar clases de catecismo en una estructura que fue construida específicamente para ese propósito. En 1889, esa misma estructura se convirtió en la primera escuela pública del condado. Y aquí se encuentra todavía, en el Plymouth Congregational Church –la primera iglesia donde blancos y negros adoraron juntos, al menos por un tiempo. Por allí me llevaba mi sobrino a veces por las noches, cuando venía yo de visita, porque la verdad es que por alguna razón, esa iglesia de piedra al estilo de los antiguos monasterios españoles de México, te da un “creepy feeling”. Hace poco estuve allí tomando unas fotos, ¡y allí me encontré la cantidad de pavos reales!

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No se sabe a ciencia cierta el origen de los pavos reales de Coconut Grove. Se dice que por la década de los ochentas, alguien dejó sueltos a unos que tenían de mascota, y se regaron. Hay comida de mascotas en las casas y les gusta el clima. Los pavos reales son originarios de la India. Es una escena curiosa, bajar la velocidad para dejar pasar pavos reales por calles residenciales. Supongo que habrá gente que les molesta, especialmente si se suben al techo de tu Porshe a picotearlo. Son grandes e imponentes y aunque algunos los defienden, a muchos les gustaría salir de ellos. Pero la realidad es que Miami es un santuario de aves, así que aquí están protegidos. Si caminas por este barrio, verás esculturas de pavos reales, igual que ves esculturas muy coloridas y variadas de gallos por La Pequeña Habana. Estas esculturas de fiberglass y de 5 pies por 5 pies son parte del proyecto “The Peacock Tour”, que tuvo inicio en abril del 2010. Varios negocios locales auspiciaron a artistas para realizar las esculturas que ya son parte de la arquitectura del Grove.

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Se preguntarán, ¿qué tiene que ver todo esto con Emma? Ya estoy llegando a eso. Les comentaba que algunos de los primeros colonos fueron bahameños. La mayoría fueron empleados del Peacock Inn o del Comodoro Ralph Munroe. Así formaron una comunidad vibrante con una cultura muy rica y única, cuyo corazón era Evangelist Street, lo que es ahora Charles Avenue y que queda a dos cuadras de mi oficina. Al final de Charles Avenue está el antiguo cementerio bahameño, Charlotte Jane Memorial Park Cemetery, donde están los restos de muchos de esos primeros colonos que ayudaron a hacer de esta ciudad lo que es hoy día. Casi todas las tardes salgo por Charles Avenue en ruta a mi casa. He ido varias veces a ese cementerio, casualmente, a tomarle fotos a los pavos. El lunes salía a recoger a mi hijo al colegio. Les hablaba de los contrates de este barrio… un señor de apariencia muy humilde me hizo señas de que parara. Bajé la velocidad al ver pasar frente a mi carro lo que en el momento pensé que era una ardilla. El señor estaba defendiendo a un gatito microscópico de unos pavos reales. Me paro. Y me dice “Los pavos lo van a matar y yo no lo puedo alimentar, por favor ayúdeme”. ¿Ese señor me conocía? Imposible dejarla allí. Así que esta entrada de Los Viajes de Ginés va dedicada en especial a los amigos que me han preguntado: “¿De dónde salió ese gatito?”. Es una Coconut Grove “pure breed”, que fue salvada de los pavos del barrio, justo al frente de donde descansan los primeros colonos de este pintoresco lugar.

Las Brujas de Salem

El Dalai Lama dijo alguna vez, “una vez al año, ve a un lugar que nunca hayas ido”. Entonces en días recientes, que tenía un viaje de trabajo a Rhode Island, me dispuse a seguir el consejo del sabio monje tibetano y planeé una visita a Boston, Massachusetts. Boston fue el lugar donde nació la revolución por la independencia de los Estados Unidos. Es una ciudad-ciudad, linda, cosmopolita, con historia que puedes recorrer por un sendero marcado por ladrillos rojos, conocido como el Sendero de la Libertad (Liberty Trail), y lo puedes hacer tú mismo o guiado por Benjamin Franklin y acompañado por las ardillas más amistosas que he conocido, las del parque Boston Common. Es la capital de Massachusetts, el centro financiero, comercial y político de Nueva Inglaterra, además de contar con algunas de las instituciones educativas más prestigiosas del mundo: Harvard y MIT, entre otras. Puedes recorrer desde historia “pop” como la famosa barra de Cheers en Beacon Hill, hasta barrios históricos que albergaron a los primeros patriotas estadounidenses y que recibieron generaciones de inmigrantes. Puedes dar vueltas por horas y horas para encontrar estacionamiento en el North End, el “Little Italy” bostoniano, donde verás filas de cuadras para comprar cannolis y edificios con letreros en italiano. Pasarás por la sede corporativa de compañías como Tripadvisor y Converse y puedes recorrer el también histórico Río Charles. Y no todos tienen la suerte que tuve yo, de estar en la ciudad justo el día del retiro de Major League Baseball del dominicano David Américo Ortiz Arias, el mismísimo Big Papi, y vi una ciudad forrada de orgullo por los logros de su hijo adoptivo, vitrinas, billboards, camisetas, todos leyendo #ThanksPapi.

Pero de seguro todas esas cosas las puedes encontrar en cualquier guía de la ciudad. Y de eso no se trata este espacio. Como siempre, uno piensa que va por una cosa y lo que termina llamando tu atención no tiene nada que ver con lo que saliste a buscar. Bien dijo John Lennon en una canción, “la vida es lo que sucede cuando estás ocupado haciendo otros planes”. Para esta corta aventura por New England, recluté la compañía de una de mis mejores amigas, de esas hermanas que la vida te regala cuando menos te lo esperas. Ella tampoco conocía estos lados del país y parece confiar ciegamente en todas mis recomendaciones, cosa que agradezco pero también te da cierta presión de “ay dioj mio, espero que veamos cosas chéveres”. Terminamos alquilando un auto, aunque ella fue muy clara: yo me tenía que encargar de manejar. Ella se encargaría de la música. No tengo ningún problema con esto, porque si algo he descubierto en estos 4 años que llevo viviendo en Estados Unidos, es que me gustan los roadtrips. Y lo mejor que tienen los roadtrips es los lugares inesperados que encuentras en el camino. Además, como buena canceriana, me gusta ser buena anfitriona aunque no esté en mi ciudad. Habíamos pensado hacer una visita a Newport, Rhode Island. Pero terminamos madrugando a una ciudad que a mi me interesaba conocer desde hace tiempo: Salem, MA. La mismísima Salem de los juicios de las brujas, que ha inspirado películas, series y obras de teatro. Hay lugares que tiene una magia innata. Salem es uno de esos lugares.

Salem está en la costa noreste del estado, en el Río Naumkeag, y es notoria por la infame cacería de brujas que tuvo lugar a finales del siglo XVII. Imagino que casi todos conocen esa triste historia: un médico local diagnosticó a varias adolescentes de estar “hechizadas”. ¿El resultado? 19 personas murieron colgadas y otro, literalmente, aplastado por piedras. Pero demos un poco más de trasfondo; Salem fue fundada por Puritanos. Los puritanos eran un grupo de ingleses protestantes reformados que buscaban “purificar” la Iglesia de Inglaterra de prácticas católicas. Y aunque llegaron a lo que luego se convertiría en Estados Unidos huyendo de persecución religiosa, estos señores eran muy poco tolerantes. Vivían una vida que a todas luces, debe haber sido aburridísima. Pero la histeria colectiva que desataron las niñas aburridas que empezaron a acusar a medio pueblo de “brujos” fue demasiado lejos. Ese “puritanismo” hizo que encarcelaran injustamente a muchas personas, algunas murieron en la cárcel, a algunas las colgaron en plaza pública, como era la usanza de la época. La histeria duró casi un año y al tiempo se emitió un edicto ordenando liberar a todas las personas encarceladas por supuesta brujería. Aunque desde ese entonces nadie más ha sido colgado (o condenado) por brujería en Estados Unidos, para muchas familias, el daño ya estaba hecho. No se si he comentado antes por este medio que mi hijo es muy fanático del programa de Travel Channel, Ghost Adventures (piensa que Zak Bagans es un rockstar, aunque su padre se encarga de recordarle que nunca en los episodios pasa nada interesante), y la gente piensa que soy yo la que he enseñado el interés por estos temas sobrenaturales; pero la realidad es que le gustaba ver Scooby-Doo desde que era prácticamente un bebé. Pues los chicos de Ghost Adventures obtuvieron permiso de realizar una de sus investigaciones en el Witch House (si a alguien le interesa verlo, es el episodio 19 de la 4ta temporada). El “Witch House” o la Casa Corwin es la última estructura que se mantiene en pie que está directamente relacionada a los juicios de la brujas de 1692. Fue la casa del Juez Jonathan Corwin (1640-1718) y se cree que fue construida entre 1620 y 1642. El juez la compró en 1675 y vivió allí por más de 40 años. De hecho, sus restos están en un cementerio cercano, Broad Street Cemetery. La casa se mantuvo en la familia Corwin hasta mediados del siglo XIX. Cuando hablan de Salem, le dicen “la ciudad de las brujas”. Yo la verdad no sabía que esperar, pero lo que encontramos fue una ciudad pintoresca , amable y muy divertida. Caminamos por Essex Street, que es una de las calles principales del distrito histórico. Nos retratamos en la estatua de “Samantha” del programa Bewitched. Allí vimos a un Frankestein caminando como si nada, vimos perritos vestidos con una gran variedad de atuendos (resultó que había un desfile de perros ese día) y esa estructura negra en el número 310 de la Calle Essex. La verdad es que choca con la simpatía del resto de la calle. Porque aunque Salem tiene un pasado muy pesado, y por eso es favorita de estudiosos paranormales (mucha gente murió y fue perseguida de manera injusta por esas mismas calles que caminamos nosotras más de 300 años más tarde), es una ciudad alegre. No teníamos mucho tiempo para recorrer porque ambas teníamos que coger vuelos a casa esa tarde, y ya como guía de esta excursión había decidido (sin consultar) que visitaríamos el Museo de las Brujas de Salem, así que no entramos a la Casa Corwin. Pero ese color negro, esa estructura, definitivamente tiene una energía particular. El Juez Corwin fue llamado a investigar actividad demoniaca en el “boom” de la cacería de brujas. Bajo su mandato, 19 personas fueron condenadas. Ninguna admitió practicar brujería y hasta el final proclamaron su inocencia. La casa es un excelente ejemplo de la arquitectura del siglo XVII de Nueva Inglaterra y contrario a lo que se dice, en la casa no se llevaron a cabo ni interrogatorios ni ninguna parte de los juicios. La casa es un museo operado por la ciudad de Salem. Seguimos nuestro camino hacía el Museo de las Brujas. Es un edificio café, imponente a pesar de no ser muy grande. Está localizado en el medio de Washington Square. La exposición es basada en documentos reales de los juicios. La realidad es que después de haber visitado museos de clase mundial como el MET de Nueva York, el Louvre de Paris, el Museo de Antropología en Cuidad México, entre otros y de ver atracciones como las de Universal Studios, este museo es totalmente “passé”. La exhibición principal consta de maniquíes que representan escenas de la vida en Salem a finales de los 1600’s con una narración grabada, y escenas de los juicios y la cárcel. Pero como comentaba, está basada en transcripciones de los juicios. La segunda parte del museo (después que te hacen pasar como 20 veces por el Gift Shop) es sobre la percepción de las “brujas” en tiempos contemporáneos. Esto nos llamó la atención, casi terminando el recorrido: una placa en la pared lee que en 1999, la ley #678 de la Casa de Representantes de Massachusetts, que limpiaba de una vez por todas los seis nombres restantes de las víctimas de los juicios de brujas, aún permanecía en el comité judiciario esperando ser aprobada. Más de 300 años después.

Aunque Salem conoce perfectamente la injusticia de su pasado, ¡la verdad es que le sacan el jugo para el turista! Hay visitas guiadas, “walking tours”, “ghost tours”, hay museos (al final les doy una listita). Sin embargo, lo que más encantador encontramos de la ciudad fue recorrer sus tienditas, donde encontraras el típico souvenir de camisetas y llaveros, pero también encontraras quien te lea las cartas o la mano. Puedes comprar velas para hacer que una relación se rompa (¡la tuya o la de alguien más!), o si algun marchante se ha portado mal contigo, puedes comprar una vela que haga que el “amigo” no le funcione (¡por módicos $12.99!). Te puedes encontrar a Michael Meyers en la calle, verás gente vestida de la época dando visitas guiadas, te encuentras altares a los muertos, famosos y cotidianos, de hace años y de hace poco. Verás arquitectura de estilo gregoriano, federal americano. Aquí nació Nathaniel Hawthrone, el mismo que escribió la famosa novela –que yo encontré aburridísima cuando la tuve que leer en décimo grado, “The Scarlet Letter”. Y es la ciudad que inspiró a Arthur Miller, ese que fue esposo de Marilyn Monroe, a escribir una de sus obras más famosas, “The Crucible” (que luego fue llevada al cine con Wynona Ryder y Daniel Day-Lewis).

Llegué a New England pensando en los Kennedy y en Harvard. Salí encantada  con una pequeña ciudad costera a la cual estoy segura que volveré. Por esos días leí esto:

“Mi niña, la palabra “bruja” define a un tipo de mujer sabia, independiente, fuerte. Por siglos, las brujas fueron las mujeres que ayudaban a nacer a los niños, a curar a los enfermos, a consolar el dolor. Sabían escribir y leer, cantaban las canciones del pueblo, conservaban sus memorias. Ser bruja es un privilegio de espíritus libres, de corazones osados y sobre todo, de crecimiento espiritual pero en una dirección distinta a la que la Iglesia comprende. A la bruja se le ve como algo remoto, lejano. De otro tiempo. Pero la bruja no tiene edad ni tampoco una época, los espíritus fuertes trascienden esas ideas. La búsqueda de conocimiento siempre es la misma, a pesar de que transites caminos distintos a los habituales, a los evidentes. Y una bruja lo hace, sea con el conocimiento de las hierbas o caminando por una ciudad moderna. Es el poder de la imaginación.”

Cosas para hacer en Salem:

  • The Salem Witch Trials Memorial – es un lugar de reflección y respeto; un tributo a las víctimas
  • The House of the Seven Gable –inspiró la novela del mismo nombre de Nathaniel Hawthrone; también conocida como la Mansión Turner-Ingersoll, es un museo con visitas guiadas
  • Salem Ferry – funciona de mayo a octubre y ofrece viajes desde Boston (y hacia Boston); el viaje de adulto ida y vuelta es $45; un solo viaje, $25
  • Statue of Elizabeth Montgomery – la de “Bewitched” (¿quien de chiquita no trató de mover la nariz como Samantha?); hubo su chisme: esto fue una iniciativa del canal TV Land pero hubo gente que se opuso, alegando que minimizaba el sufrimiento de las víctimas de los juicios
  • The Witch House / Corwin House – la casa del juez que les contaba aquí; la ultima estructura en pie directamente relacionada a los juicios
  • Peabody Essex Museum – arte y cultura de New England; parte del East India Marine Society, localizado en Essex Street
  • Salem Witch Museum – el que les contaba, la exhibición es basada en los juicios, entrada de adultos es $11; calcula 1 hora para esta visita
  • Salem Witch Village – esto es lo divertido de Salem, las casa embrujadas, las tiendas, los monstruos caminando por la calle
  • Phillips House – mansión histórica de New England, $8 para adultos
  • Witch Dungeon Museum – hacen actuaciones de los juicios; museos “primos”, New England Pirate Museum y Witch History Museum

La Puerta Falsa

 

Irónicamente, entre los viajes de este verano, tenía un poquito abandonadas mis historias para #losviajesdeginés. Hice un viaje a Colombia como no lo hacía desde que era una niña que mandaban de vacaciones a casa de la tía: casi un mes y paseando por cuatro departamentos (Cundinamarca, Valle del Cauca, Quindío y el Cauca); en cada parada pensaba que historia podía sacar. De hecho, luego de visitar el Museo del Milagroso en Buga, escribí una muy breve sobre El Señor de los Milagros de Buga y los milagros que se le atribuyeron por allá por los años 1600 y como luego se fundó la ahora famosa Basílica que es motivo de peregrinación a la llamada “Ciudad Señora”. 

Pero hoy decidí contarles de un emblemático lugar en una de mis zonas favoritas del centro de Bogotá, el barrio de La Candelaria (los que me siguen en Instagram habrán visto mis interminables fotos del antiguo barrio; podría estar días enteros perdida entre sus callecitas). De hecho, La Candelaria es uno de mis lugares favoritos en el mundo. Frente a una de las puertas laterales de la Catedral de Bogotá, la Catedral Primada Basílica Metropolitana de la Inmaculada Concepcion de María , bajando por la Carrera 6ta, se encuentra un pequeño restaurante que este año 2016 celebra 200 años de fundado, La Puerta Falsa. Habría pasado muchísimas veces frente a esa fachada, pero fui por primera vez con mi prima María Cristina, que es “rola” de pura cepa y también es fanatica de La Candelaria, y además con su cariño de siempre, aprovecha mis visitas para llevarme a pasear por esos lados que ya mis tías no me pueden acompañar, una porque ya no está con nosotros y la otra, mi tía Stella, que tanto me acompañó a caminar esas calles y tanto me inculcó el amor por ellas y sus historias legendarias, ya le cuesta caminar tanto (por allí está la ventanita por donde saltó el Libertador, Simón Bolívar, está la casa de su amada Manuelita y cuando era yo apenas una niña, hacía que mi tía me contara una y otra vez las mismas historias que ya me sabía de memoria y me imaginaba las grandes hazañas que habían pasado por esas mismas calles que andaba ahora yo).

En Colombia se acostumbra a tomar “onces”. Pensaría uno que es una merienda de media mañana como su nombre indicaría, pero no; se toman onces a eso de las 4 de la tarde (la merienda de la mañana son “medias nueves”). Entonces siempre me causaba curiosidad de dónde venía ese nombre de “onces”. Pues en este viaje tuve la respuesta. Por la época de La Nueva Granada, la sociedad “cachaca” iba a misa a la Catedral, pero esas misas eran larguísimas y los señores piadosos de la capital se aburrirán. ¿Saben cuántas letras hay en la palabra “aguardiente”? A g u a r d i e n t e. Once. Entonces decían “vamos a tomar onces” en clave, para salirse por la puerta lateral de la Catedral y se iban al lado a tomar aguardiente. ¡Tan listos esos cachacos! 

Lo que se dice en esas legendarias historias de La Candelaria es que La Puerta Falsa fue un desafío que nació de una pelea entre una mujer y el párroco de la Catedral Primada, hace 200 años.  Desde ese entonces, han sido siete generaciones de una misma familia las que guardan la receta de los tamales más famosos de Bogotá, del chocolate más santafereño (que se hace en agua no en leche), del aguadepanela, de la changua y de los dulces más tradicionales de la capital, justo frente al templo y justo al lado de la Casa del Florero de Llorente (esa historia de ese florero se las cuento otro dia).

 El 16 de julio se celebra la fiesta de la Virgen del Carmen, la misma que sacan en procesión por la Bahía de San Juan desde Cataño y también por la Bahía de Cartagena, entre otras. Hace dos siglos, en 1816, se preparaba la fiesta y como aún se hace en algunos pueblos de Colombia, la Iglesia llamaba a todos a ayudar con las velas, los escapularios, los adornos y los atuendos de la celebración.  Los sabores de La Puerta Falsa hicieron parte de esas celebraciones, pero retando al Sacristán de la Catedral, quien se disgustó cuando una mujer invitó a algunos miembros de la comunidad a un refrigerio. A ella le habían asignado una tarea de menor relevancia; nadie recuerda cuál fue, pero con seguridad no fue la costura del nuevo vestido para el desfile de la Virgen. Así que quiso sentirse útil y compartió una merienda con los que pudo. Cuenta el octogenario dueño del restaurante, el primero en heredarlo, que el párroco se enfureció porque no le habían informado del refrigerio (¿serían onces?) y le dijo que tenía que haber para todos.  Ofendida por el reclamo del párroco, la señora cuyo nombre ha sido olvidado con el tiempo y con la muerte,  convenció a su marido de vivir más cerca de la iglesia y abrir un local, no solo por rebelde, sino porque vio una oportunidad de negocio: los fieles salían con hambre (poco se imaginaría que también se aburrían en medio de la misa).  El lugar, que fue parte de una casa construida en los años 1600 y que pasó a una comunidad de monjas, fue adquirido por el tatarabuelo, pues en esa época no se reconocía la propiedad a las mujeres.

Así, el negocio nació el 16 de julio de 1816. ¡Canceriano como yo! Se inauguró el mismo día de las fiestas de la Virgen del Carmen. ¡Bien claro el desafío al curita!

Hubo un fuego en 2002 donde se perdieron fotografías y manuscritos que relataban más detalles sobre su historia, pero al menos se sabe el origen del nombre. La Puerta Falsa era un zaguán convertido en “aguapanelería”. Se comunicaba con el resto de la casa, pero taparon el acceso. Aunque la pared que cubre la puerta es blanca, los dueños actuales le hicieron una pequeña gruta a la Virgen del Carmen para exponer las rocas negras y el viejo dintel de madera (mi foto de la gruta está un poco borrosita).  El negocio no tenía letrero en ese entonces y como les comentaba, queda frente a la puerta lateral de la iglesia. En la arquitectura religiosa ese acceso se llama ‘puerta falsa’ (¿les he contado que me gusta visitar iglesias?).  Los encuentros marcados “en la aguapanelería de la puerta falsa” le dio entonces su nombre al pequeño restaurante.

En estos 200 años, La Puerta Falsa ha sido testigo de guerras, protestas y tragedias. Por ejemplo, el 20 de mayo de 1900 se dio el incendio de la calle 10 en la sombrerería alemana. Consumió las galerías de Arrubla y el hoy palacio de Liévano, donde el acta de fundación de Bogotá quedó en cenizas, según escribió el arquitecto Alberto Corradine Angulo en la revista ‘Credencial’.  En una época, La Puerta Falsa funcionaba 24 horas para atender al personal de las rotativas de los principales diarios del país, La República, El Tiempo y El Espectador. Dicen que cuando estalló el “Bogotazo”, ese fatídico 9 de abril de 1948, los dueños no se dieron cuenta de que la puerta se había descuadrado, no pudieron cerrarla así que les tocó quedarse para cuidar el local.  Tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el párroco le dio a la dueña algunos ornamentos sacros para que no se los robaran los saqueadores que acabaron con la ciudad y al día siguiente sacaron la comida y alimentaron a la gente que se refugió en el templo toda la noche. También fue testigo silencioso de la sangrienta toma del Palacio de Justicia, en 1985. 

Estuve almorzando en La Puerta Falsa apenas un mes antes de ese 200 aniversario con mi prima Cristina, y me comí un típico tamal santafereño, con agua de panela, mi prima con chocolate, y queso con almojabana. Le tomé foto a la gruta de la Virgen antes de conocer bien la historia que les acabo de contar. Nos sentamos arriba, donde es más acogedor y se escapa uno un ratito del frío de la calle, y donde ahora al pagar se escuchan clientes dando las gracias en cualquier idioma, porque aunque La Puerta Falsa está lejos de ser un “tourist trap”, sus visitantes hoy en día vienen de todas partes del mundo. Ya tengo ganas de volver a sentarme a “echar carreta” con mi prima un rato en esas mesitas de madera. 

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Mezzanine de La Puerta Falsa

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Gruta de la Virgen del Carmen

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Tamales tipicos con agua de panela y chocolate

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Puerta falsa d la Catedral Primada
 

 

Señor de los Milagros de Buga

Hoy hice una visita que no hacía desde que tenía como 12 años que vine con mis tías Stella y Beatriz, la Basílica del Señor de los Milagros de Buga. Lugar de peregrinación de fama mundial donde el fenómeno de la fe se ve y se siente así no seas católico. Mi familia tiene especial parcialidad hacia el morenito Milagroso, y su historia es la siguiente:Una indígena estaba lavando ropa en el Río Guadalajara para poder comprar un nuevo cristo, el cual pagaría con los jornales. Un día, al ver que un vecino iba a la cárcel por una deuda que no había podido pagar, decidió cubrir la deuda del hombre para que lo dejaran en libertad; en otra ocasión, en el río que la indígena visitaba haciendo su labor, vio un objeto brillante que bajaba por el río. Era un crucifijo el cual llevó a su casa y que puso en medio de las aguas en un altar y al día siguiente cuando se despertó describió que la figura había aumentado hasta llegar al tamaño actual (1,3 metros, sin la cruz).

El Santo Cristo empezó a llamarse “Señor de los Milagros” a raíz de un curioso (milagroso?) episodio que se dio en 1605. Empezaron a surgir muchos rumores de que la imagen tenía algo que ver con brujería y la diócesis ordenó que se quemara. A mitad de proceso, la imagen se puso a sudar copiosamente, sudor que fue recogido por la gente en copos de algodón, que logró sanar males; de inmediato el Cristo fue bajado del fuego. En 1884 cuando los misioneros Redentoristas llegaron a Buga, Valle para hacerse cargo de la Ermita y del culto que allí se celebraba, era vox populi la narración sobre el hallazgo en las aguas del Río Guadalajara, entonces fue adecuada una Ermita. Un terremoto la destruyó y luego de esto, fue llevado hasta Buga en donde hoy en día hace parte de la Basílica de Buga.